El
“habemus Papam” llegó raudo y veloz y la elección de Jorge
Mario Bergolio como agua de mayo, y es que no había pasado ni un día
y medio desde el comienzo del cónclave y ya salía humo blanco por
la chimenea de la Capilla Sixtina. Pero Francisco I llega en un
momento difícil. Demasiado difícil quizá. La institución
religiosa aqueja de achaques varios que han visto en el caso
“Vatileaks” la guinda del pastel: corrupción y encubrimiento de
casos de pederastia rodeaban al papa saliente, y lo más probable es
que estos temas estuvieran sobre la mesa en el cónclave a la hora de
elegir al papa.
Aun
así, el pasado importuna al papa Francisco I: el que fuera
presidente de la Conferencia Episcopal en Argentina tuvo sonados
rifirrafes con el matrimonio Kirchner, uno de los más polémicos
sobre las bodas homosexuales, a las que calificó de “una movida
del diablo” y que ponían en juego “la identidad, y la
supervivencia de la familia”, algo que no es sorprendente, puesto
que ningún papa, aunque sí contados cardenales (como Carlo María
Martini), se han posicionado a favor del matrimonio igualitario. Así
que, como dijo el presidente de la plataforma homosexual GLAAD,
Herndon Graddick, esperemos que este nuevo papa “intercambie
sus zapatos rojos por un par de sandalias y pase menos tiempo
condenando y más tiempo lavando pies”.
Pero
la Iglesia necesita una reforma urgente que sólo el tiempo dirá si
el nuevo papa es capaz de afrontar, una reforma que aleje los
fantasmas de la pederastia y la corrupción y que lleve a esta
desvirtuada institución a sus orígenes con el único fin de ayudar
al prójimo. Si Jesús levantara la cabeza.