La muerte de Chávez
ha supuesto un auténtico varapalo para sus acérrimos seguidores en
Venezuela. El chavismo que comenzó en 1999 ha tocado a su fin, al
menos por el momento. Hugo Chávez Frías fue un hombre
incansablemente impertinente. Sin embargo, la impertinencia no se
quedaba en las palabras y, como caudillo que era, su régimen fue
tachado en numerosas ocasiones de “totalitario”. Por mucho que el
cabecilla de la revolución bolivariana ganara limpiamente en los
comicios, el poder que ejercía sobre la sociedad venezolana era
rampante: nada escapaba a su mando, y miles de personas han tenido
que salir del país al darse de bruces con la insuficiente libertad
política impuesta por el Gobierno bolivariano.
Aun así, Hugo
Chávez se ganó a pulso el querer y el afecto de muchos venezolanos
por sus acciones, su sentido carisma y su bravuconería. Pero, si
bien ha sido tildado de dictador, es innegable la evolución del país
desde su llegada al poder, aunque lo que ha caracterizado sus
mandatos ha sido la mala gestión, sobre todo en seguridad pública.
Pero se preocupaba por la gente, por los más pobres, sabía
empatizar con los ciudadanos porque él provenía de familia humilde.
Ahora sólo queda ver cómo se desarrollan los hechos tras su muerte.
Los regímenes personales no duran más allá de lo que aguanta el
caudillo en el poder. El chavismo sin Chávez puede ser un sueño o
una realidad para muchos venezolanos pero, en esta operación de
transición, se esperan complicaciones: Venezuela ha quedado huérfana
y muchos chavistas no están dispuestos a aceptar al tutor legal,
Nicolás Maduro, ni a cualquier otro que no sea Hugo Chávez.
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