No hay nada como la variedad
para elegir lo que uno quiera. Algo así ha ocurrido en Italia: tras unas
polémicas elecciones, numerosos medios han calificado al país con forma de bota
de “ingobernable”, con el consiguiente revuelo en la sensiblera prima de
riesgo. Italia es supuestamente ingobernable porque, aunque en el Congreso es el
grupo de centroizquierda de Bersani quien posee la mayoría de los escaños, en
el Senado, con igual poder legislativo que la Cámara baja, apenas hay
diferencia entre Bersani, Berlusconi y el nuevo hombre del mes por sorpresa, Beppe
Grillo, el apolítico indignado que ha subido como la espuma en los comicios.
Esta situación ha hecho al país ingobernable en la teoría, porque se da por hecho
que ninguno de los tres partidos va a dar su brazo a torcer a la hora de tomar las
decisiones que se presuponen “buenas” para sacar al país del hoyo.
Es este uno de los
problemas más graves a los que se enfrenta la política hoy en día: el
bipartidismo está tan asentado que, en cuanto los italianos han dado un
puñetazo en la mesa, Italia y el resto de Europa se han echado a temblar
pensando en que esa situación pudiera dar lugar a réplicas, como si de un
terremoto superdestructivo se tratase. No es el momento de quejarse, es el
momento de trabajar juntos para superar la crisis, y no desde la comodidad que
ofrece la mayoría absoluta, como en España. Esto es lo que ocurre cuando el
peso de la crisis recae, en su mayoría, sobre el pueblo. Esto es lo que ocurre
por tomar las decisiones inadecuadas. De esta aprenderán a ir todos a una.
Señores políticos, qué mala suerte para ustedes.
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