Todos los
españoles tienen grabada a fuego la fecha del 23 de febrero. Tal día como ese,
hace 32 años, militares franquistas irrumpían en el Congreso para dar un golpe
de Estado que acabaría con la democracia española. El país estuvo al borde del
precipicio durante horas hasta que el rey Juan Carlos instó a aquellos que trataban
de frenar el progreso a que abandonaran sus planes y dejaran a España continuar
“por la senda constitucional”, como años atrás dijera su tatarabuelo Fernando
VII. Sin valorar lo que aquello pudo ser, y afortunadamente no fue, ciertas
personas llaman golpistas, sin miramientos, a las decenas de miles de personas
que se echan a la calle para intentar, no ya recuperar los derechos que les han
sido arrebatados, sino defender los que quedan.
En aquel
momento, el rey, como jefe supremo del Ejército, era la única persona a la que
los golpistas respetarían (petición póstuma de Franco mediante), y fue entonces
cuando el rey se retrató como garante de la democracia en España. Es su
trabajo, y por ende el de las Fuerzas Armadas, avalar el desarrollo de una
democracia justa. Decenas de bomberos se han plantado ante los desahucios,
cientos de abogados han manifestado su desacuerdo con las últimas medidas del
Ejecutivo en materia judicial, miles de españoles se han manifestado en contra
de una política de austeridad omnívora que roza la inconstitucionalidad… es
ahora el turno del Ejército de plantarse ante la opresión de un Gobierno que
aboga por perdonar a ‘amigos’ corruptos o dejar desprotegidos a miles de
ciudadanos ante la tiranía económica. Como se espera de su lema, “todo por
la Patria”, donde la patria es sinónimo de nación, seamos justos.