En el Partido Popular son
expertos en darle la vuelta a las cosas. Por poner sólo un ejemplo,
lo que en un principio iba a ser una comparecencia del presidente de
España en el Congreso se convirtió en una sencilla sesión en la
sede del partido en la calle Génova. Quizá demasiado sencilla para
la gravedad del asunto. Mariano Rajoy debía convencernos de su
inocencia en cuanto al cobro de sobresueldos 'en B' por parte del
extesorero del PP, Luis Bárcenas, y sin embargo lo único que hizo
fue leer su discurso ante el Comité Ejecutivo Nacional y dejar con
un palmo de narices a los periodistas allí presentes, y es que
últimamente ya no es de extrañar que el Gobierno no conceda ruedas
de prensa tras el speech correspondiente. Pero ahora han dado un
paso más
allá: ni siquiera se ha permitido la presencia física del
mandatario en la misma habitación, dejando así una estampa
vergonzosa con todos los redactores sentados frente a un televisor
tomando notas de las palabras de Rajoy, una estampa que varios medios
de comunicación nacionales han recogido en sus
páginas no sin cierta incredulidad. Querrían evitar no sólo las
quejas en directo, sino también la tentación de que les hicieran
alguna pregunta fisgona. En estos tiempos en los que la transparecia del
Gobierno se pone en continuo entredicho, ¿por qué no quiso responder a
una rueda de preguntas? ¿Tiene algo
que esconder? ¿Acaso podría verse en un aprieto si le hicieran alguna
pregunta
indiscreta?
Es una pena la actuación
tanto del Gobierno -por hacerlo- como de los periodistas -por
permitirlo-. Ahora más que nunca toma sentido la premisa “sin
periodismo no hay democracia”. En cualquier estado de derecho que
se precie existe el derecho a informar y a ser informado, pero el
Gobierno ha preferido saltarse ambos derechos constitucionales a la torera evitando la comparecencia
antes los medios. Quizá para no mostrar aún más signos de
flaqueza. O quizá porque les puede salir muy caro que la ciudadanía
sepa la verdad.
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