martes, 5 de febrero de 2013

Arcaísmos

La Corona española flaquea, y es que un asunto turbio tras otro no puede significar nada bueno para el rey y su familia. Desde que se conocen los presuntos quehaceres diarios del señor Urdangarín en el Instituto Nóos, el apego de la opinión pública hacia la Casa Real hay ido decrescendo hasta niveles insospechados, y no es que antes fuera precisamente alto. ¿Qué le queda entonces a la Corona, tras un yerno imputado en un caso de corrupción y una hija que supuestamente no sabía nada de los tejemanejes de su marido, entre otras vivencias "reales"? Iñaki Urdangarín lo tiene cada vez más complejo, y ello atañe directamente a la Familia Real. Para más inri, la reina Beatriz de los Países Bajos ha decidido que es el momento de pasar el testigo a las generaciones venideras, y dar la oportunidad a la Monarquía de refrescarse, lo que ha hecho explotar en España el manido debate sobre la posibilidad de que el rey Juan Carlos haga lo mismo. Pero por mucho que el monarca asegure una y otra vez que está en perfectas condiciones para seguir reinando, lo cierto es que lleva ya un número nada despreciable de operaciones a su espalda para poder mantenerse activo, y salta a la vista que cada vez está más cansado. Quizá sea hora, al menos, de pensárselo.
Asimismo, en un ambiente cada vez más caldeado por la crisis, una crisis no sólo económica, sino también social, política e institucional, muchos son los que reclaman la abolición de una institución decimonónica, y a día de hoy cada vez más innecesaria, que consume más de ocho millones de euros anuales. Nos encontramos ahora como en el 36: discutiendo si “monarquía o república”, como si fueran los únicos sistemas posibles, cuando nuestros vecinos franceses llevan haciéndolo bien más de dos siglos sin el arcaísmo del “reino”. Es una elección trascendental para el futuro de España y, como tal, precisa de una mayor amplitud de miras para no cometer los errores del pasado.

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