La Corona española
flaquea, y es que un asunto turbio tras otro no puede significar nada
bueno para el rey y su familia. Desde que se conocen los presuntos quehaceres diarios del señor Urdangarín en el Instituto Nóos, el
apego de la opinión pública hacia la Casa Real hay ido decrescendo
hasta niveles insospechados, y no es que antes fuera precisamente
alto. ¿Qué le queda entonces a la Corona, tras un yerno
imputado en un caso de corrupción y una hija que supuestamente no
sabía nada de los tejemanejes de su marido, entre otras vivencias "reales"? Iñaki Urdangarín
lo tiene cada vez más complejo, y ello atañe directamente a la Familia
Real. Para más inri, la reina Beatriz de los Países Bajos ha
decidido que es el momento de pasar el testigo a las generaciones
venideras, y dar la oportunidad a la Monarquía de refrescarse, lo que ha hecho explotar en España el manido debate sobre la posibilidad de
que el rey Juan Carlos haga lo mismo. Pero por mucho que el monarca
asegure una y otra vez que está en perfectas condiciones para seguir
reinando, lo cierto es que lleva ya un número nada despreciable de
operaciones a su espalda para poder mantenerse activo, y salta a la
vista que cada vez está más cansado. Quizá sea hora, al menos, de
pensárselo.
Asimismo, en un ambiente
cada vez más caldeado por la crisis, una crisis no sólo económica,
sino también social, política e institucional, muchos son los que
reclaman la abolición de una institución decimonónica, y a día de
hoy cada vez más innecesaria, que consume más de ocho millones de
euros anuales. Nos encontramos ahora como en el 36: discutiendo si
“monarquía o república”, como si fueran los únicos sistemas
posibles, cuando nuestros vecinos franceses llevan haciéndolo bien
más de dos siglos sin el arcaísmo del “reino”. Es una elección
trascendental para el futuro de España y, como tal, precisa de una
mayor amplitud de miras para no cometer los errores del pasado.
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