Venimos escuchando en las últimas semanas la palabra 'escrache'. Una
palabra que debe de ser imponente y hasta molesta cuando el propio
'número dos' del Cuerpo Nacional de Policía, Eugenio Pino, ha
ordenado a todas las unidades que dejen de usar semejante palabro y
lo sustituyan por “coacción, amenaza o acoso”. 'Escrache' le
debe de sonar a insultar, a romper, a corromper. Eso deben de haber
pensado en el Partido Popular cuando han visto sus casas rodeadas de
manifestantes indignados para con la acción del Ejecutivo y sus
portales empapelados con inofensivas pegatinas de la Plataforma de
Afectados por la Hipoteca (PAH), a los que no han dudado en calificar
como 'etarras' o 'nazis'. Es inconcebible que un Gobierno no esté
al lado de sus ciudadanos cuando más lo necesitan. Pero visto que la
acción pacífica no surte efecto, entra a formar parte del juego el
refrán “situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas”.
Asistimos a una de las épocas más tensas de lo que va de siglo, una
época en la que las instituciones no cuentan con un respaldo fuerte,
en la que quienes tienen que gobernar para todos gobiernan sólo para
unos pocos, una época en la que la gente se mata porque no puede
pagar una hipoteca. Ya está bien. ¿Cómo puede ser que un país en
ese estado de descomposición tenga una ley hipotecaria “a la
altura de los mejores mercados europeos”, en palabras del
presidente de la Asociación Hipotecaria Española, Santos González?
Quienes realizan los escraches piden soluciones, pero sobre todo
piden atención, porque se ahogan. Esos políticos que dicen ser
defensores de la democracia deberían escuchar más al pueblo, o de
lo contrario España va a salir escaldada.