miércoles, 24 de abril de 2013

Escraches que no son escraches

Venimos escuchando en las últimas semanas la palabra 'escrache'. Una palabra que debe de ser imponente y hasta molesta cuando el propio 'número dos' del Cuerpo Nacional de Policía, Eugenio Pino, ha ordenado a todas las unidades que dejen de usar semejante palabro y lo sustituyan por “coacción, amenaza o acoso”. 'Escrache' le debe de sonar a insultar, a romper, a corromper. Eso deben de haber pensado en el Partido Popular cuando han visto sus casas rodeadas de manifestantes indignados para con la acción del Ejecutivo y sus portales empapelados con inofensivas pegatinas de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), a los que no han dudado en calificar como 'etarras' o 'nazis'. Es inconcebible que un Gobierno no esté al lado de sus ciudadanos cuando más lo necesitan. Pero visto que la acción pacífica no surte efecto, entra a formar parte del juego el refrán “situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas”.

Asistimos a una de las épocas más tensas de lo que va de siglo, una época en la que las instituciones no cuentan con un respaldo fuerte, en la que quienes tienen que gobernar para todos gobiernan sólo para unos pocos, una época en la que la gente se mata porque no puede pagar una hipoteca. Ya está bien. ¿Cómo puede ser que un país en ese estado de descomposición tenga una ley hipotecaria “a la altura de los mejores mercados europeos”, en palabras del presidente de la Asociación Hipotecaria Española, Santos González? Quienes realizan los escraches piden soluciones, pero sobre todo piden atención, porque se ahogan. Esos políticos que dicen ser defensores de la democracia deberían escuchar más al pueblo, o de lo contrario España va a salir escaldada.

martes, 19 de marzo de 2013

Si Jesús levantara la cabeza

El “habemus Papam” llegó raudo y veloz y la elección de Jorge Mario Bergolio como agua de mayo, y es que no había pasado ni un día y medio desde el comienzo del cónclave y ya salía humo blanco por la chimenea de la Capilla Sixtina. Pero Francisco I llega en un momento difícil. Demasiado difícil quizá. La institución religiosa aqueja de achaques varios que han visto en el caso “Vatileaks” la guinda del pastel: corrupción y encubrimiento de casos de pederastia rodeaban al papa saliente, y lo más probable es que estos temas estuvieran sobre la mesa en el cónclave a la hora de elegir al papa.


Aun así, el pasado importuna al papa Francisco I: el que fuera presidente de la Conferencia Episcopal en Argentina tuvo sonados rifirrafes con el matrimonio Kirchner, uno de los más polémicos sobre las bodas homosexuales, a las que calificó de “una movida del diablo” y que ponían en juego “la identidad, y la supervivencia de la familia”, algo que no es sorprendente, puesto que ningún papa, aunque sí contados cardenales (como Carlo María Martini), se han posicionado a favor del matrimonio igualitario. Así que, como dijo el presidente de la plataforma homosexual GLAAD, Herndon Graddick, esperemos que este nuevo papa “intercambie sus zapatos rojos por un par de sandalias y pase menos tiempo condenando y más tiempo lavando pies”.


Pero la Iglesia necesita una reforma urgente que sólo el tiempo dirá si el nuevo papa es capaz de afrontar, una reforma que aleje los fantasmas de la pederastia y la corrupción y que lleve a esta desvirtuada institución a sus orígenes con el único fin de ayudar al prójimo. Si Jesús levantara la cabeza.

domingo, 10 de marzo de 2013

Complicaciones

La muerte de Chávez ha supuesto un auténtico varapalo para sus acérrimos seguidores en Venezuela. El chavismo que comenzó en 1999 ha tocado a su fin, al menos por el momento. Hugo Chávez Frías fue un hombre incansablemente impertinente. Sin embargo, la impertinencia no se quedaba en las palabras y, como caudillo que era, su régimen fue tachado en numerosas ocasiones de “totalitario”. Por mucho que el cabecilla de la revolución bolivariana ganara limpiamente en los comicios, el poder que ejercía sobre la sociedad venezolana era rampante: nada escapaba a su mando, y miles de personas han tenido que salir del país al darse de bruces con la insuficiente libertad política impuesta por el Gobierno bolivariano.

Aun así, Hugo Chávez se ganó a pulso el querer y el afecto de muchos venezolanos por sus acciones, su sentido carisma y su bravuconería. Pero, si bien ha sido tildado de dictador, es innegable la evolución del país desde su llegada al poder, aunque lo que ha caracterizado sus mandatos ha sido la mala gestión, sobre todo en seguridad pública. Pero se preocupaba por la gente, por los más pobres, sabía empatizar con los ciudadanos porque él provenía de familia humilde. Ahora sólo queda ver cómo se desarrollan los hechos tras su muerte. Los regímenes personales no duran más allá de lo que aguanta el caudillo en el poder. El chavismo sin Chávez puede ser un sueño o una realidad para muchos venezolanos pero, en esta operación de transición, se esperan complicaciones: Venezuela ha quedado huérfana y muchos chavistas no están dispuestos a aceptar al tutor legal, Nicolás Maduro, ni a cualquier otro que no sea Hugo Chávez.

domingo, 3 de marzo de 2013

Mala suerte



No hay nada como la variedad para elegir lo que uno quiera. Algo así ha ocurrido en Italia: tras unas polémicas elecciones, numerosos medios han calificado al país con forma de bota de “ingobernable”, con el consiguiente revuelo en la sensiblera prima de riesgo. Italia es supuestamente ingobernable porque, aunque en el Congreso es el grupo de centroizquierda de Bersani quien posee la mayoría de los escaños, en el Senado, con igual poder legislativo que la Cámara baja, apenas hay diferencia entre Bersani, Berlusconi y el nuevo hombre del mes por sorpresa, Beppe Grillo, el apolítico indignado que ha subido como la espuma en los comicios. Esta situación ha hecho al país ingobernable en la teoría, porque se da por hecho que ninguno de los tres partidos va a dar su brazo a torcer a la hora de tomar las decisiones que se presuponen “buenas” para sacar al país del hoyo.
Es este uno de los problemas más graves a los que se enfrenta la política hoy en día: el bipartidismo está tan asentado que, en cuanto los italianos han dado un puñetazo en la mesa, Italia y el resto de Europa se han echado a temblar pensando en que esa situación pudiera dar lugar a réplicas, como si de un terremoto superdestructivo se tratase. No es el momento de quejarse, es el momento de trabajar juntos para superar la crisis, y no desde la comodidad que ofrece la mayoría absoluta, como en España. Esto es lo que ocurre cuando el peso de la crisis recae, en su mayoría, sobre el pueblo. Esto es lo que ocurre por tomar las decisiones inadecuadas. De esta aprenderán a ir todos a una. Señores políticos, qué mala suerte para ustedes.

martes, 26 de febrero de 2013

Seamos justos


Todos los españoles tienen grabada a fuego la fecha del 23 de febrero. Tal día como ese, hace 32 años, militares franquistas irrumpían en el Congreso para dar un golpe de Estado que acabaría con la democracia española. El país estuvo al borde del precipicio durante horas hasta que el rey Juan Carlos instó a aquellos que trataban de frenar el progreso a que abandonaran sus planes y dejaran a España continuar “por la senda constitucional”, como años atrás dijera su tatarabuelo Fernando VII. Sin valorar lo que aquello pudo ser, y afortunadamente no fue, ciertas personas llaman golpistas, sin miramientos, a las decenas de miles de personas que se echan a la calle para intentar, no ya recuperar los derechos que les han sido arrebatados, sino defender los que quedan.

En aquel momento, el rey, como jefe supremo del Ejército, era la única persona a la que los golpistas respetarían (petición póstuma de Franco mediante), y fue entonces cuando el rey se retrató como garante de la democracia en España. Es su trabajo, y por ende el de las Fuerzas Armadas, avalar el desarrollo de una democracia justa. Decenas de bomberos se han plantado ante los desahucios, cientos de abogados han manifestado su desacuerdo con las últimas medidas del Ejecutivo en materia judicial, miles de españoles se han manifestado en contra de una política de austeridad omnívora que roza la inconstitucionalidad… es ahora el turno del Ejército de plantarse ante la opresión de un Gobierno que aboga por perdonar a ‘amigos’ corruptos o dejar desprotegidos a miles de ciudadanos ante la tiranía económica. Como se espera de su lema, “todo por la Patria”, donde la patria es sinónimo de nación, seamos justos.

martes, 19 de febrero de 2013

Los puntos sobre las íes


A España lo único que puede sacarla del agujero es un cambio inminente. No han faltado, ni faltan, ni faltarán propuestas paralelas a las que toma nuestro tozudo Gobierno, unas propuestas que algunos expertos vaticinan desoladoras para la economía y la imagen españolas. No hay que hacer un gran esfuerzo para traer a colación un ejemplo: la reforma laboral, que ha sido ‘pan para hoy y hambre para mañana’, pues el plan no sólo no ha disminuido el número de parados, sino que los ha aumentado, tal y como refleja el último barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Aun con ello, parece ser que, si es con el beneplácito de Bruselas, todo vale. Poco importa ya lo que el ciudadano opine porque, para el Ejecutivo, éste ya ha cumplido con la democracia por los próximos cuatro años. No se puede permitir, por tanto, que un Gobierno, sea del color que sea, haga y deshaga a su antojo, que las cosas se cambien a capricho del partido de turno porque, al haber sido una idea de la oposición, lleva inherente el ser inadecuada, como la ley de Educación, una pieza clave para el futuro de un país que en España se toma demasiado a la ligera.

Dicen de España que es un Estado de derecho, que no es tal por sus situaciones completamente surrealistas. En un país serio, una ministra dimite por haber plagiado su tesis doctoral. Mientras, en España tenemos presuntos corruptos a los se les perdona defraudar a la Hacienda pública varios millones de euros. Allí lo llaman responsabilidad política. España necesita que sus ciudadanos se desperecen y actúen, pues el cambio apremia. España necesita una Segunda Transición que ponga los puntos sobre las íes.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Una estampa vergonzosa

En el Partido Popular son expertos en darle la vuelta a las cosas. Por poner sólo un ejemplo, lo que en un principio iba a ser una comparecencia del presidente de España en el Congreso se convirtió en una sencilla sesión en la sede del partido en la calle Génova. Quizá demasiado sencilla para la gravedad del asunto. Mariano Rajoy debía convencernos de su inocencia en cuanto al cobro de sobresueldos 'en B' por parte del extesorero del PP, Luis Bárcenas, y sin embargo lo único que hizo fue leer su discurso ante el Comité Ejecutivo Nacional y dejar con un palmo de narices a los periodistas allí presentes, y es que últimamente ya no es de extrañar que el Gobierno no conceda ruedas de prensa tras el speech correspondiente. Pero ahora han dado un paso más allá: ni siquiera se ha permitido la presencia física del mandatario en la misma habitación, dejando así una estampa vergonzosa con todos los redactores sentados frente a un televisor tomando notas de las palabras de Rajoy, una estampa que varios medios de comunicación nacionales han recogido en sus páginas no sin cierta incredulidad. Querrían evitar no sólo las quejas en directo, sino también la tentación de que les hicieran alguna pregunta fisgona. En estos tiempos en los que la transparecia del Gobierno se pone en continuo entredicho, ¿por qué no quiso responder a una rueda de preguntas? ¿Tiene algo que esconder? ¿Acaso podría verse en un aprieto si le hicieran alguna pregunta indiscreta?
Es una pena la actuación tanto del Gobierno -por hacerlo- como de los periodistas -por permitirlo-. Ahora más que nunca toma sentido la premisa “sin periodismo no hay democracia”. En cualquier estado de derecho que se precie existe el derecho a informar y a ser informado, pero el Gobierno ha preferido saltarse ambos derechos constitucionales a la torera evitando la comparecencia antes los medios. Quizá para no mostrar aún más signos de flaqueza. O quizá porque les puede salir muy caro que la ciudadanía sepa la verdad.